Trópico Caliente: El caso de Juana la Cubana y el gas del swing. Parte 1

Panamá, 20 de mayo de 1987, en el café Coca Cola de la Avenida Central un hombre va vestido con un estereotípico sombrero caqui y gabardina del mismo color, usando lentes oscuros dentro del establecimiento y para acabar en un día nublado. Está nervioso y ya casi se acaba la caja de cigarrillos que compró recientemente en el chinito de la esquina, según él está evitando llamar la atención pero con su vestimenta causa lo contrario, no parece ser muy inteligente.

Afuera un automóvil se detiene frente al café y dos hombres se bajan del vehículo. Uno de ellos lleva una camisa hawaiana roja, pantalón chocolate y mocasines blancos. Sus rasgos faciales son claramente indígenas pero su cabello compactado en un afro creado a punta de agua de pipa parece más un brillo metálico de fregador. El otro es un negro alto con peinado al estilo de El Puma, se nota el alisset y el tinte chocolate del cabello que todos saben que no le luce, todos menos él. Lleva un saco  y pantalón blanco con una camiseta de cuello en “v” por dentro de color celeste y zapatos finos de cuero italiano.

Ambos entran al restaurante y al divisar al hombre de la gabardina se sientan en la misma mesa que él, Luego de los saludos de rigor y apretones de manos.

—¿No los han seguido? Nos estamos arriesgando bastante con esta vaina hombre ¿Dónde están los cassettes?

—Todo a su debido tiempo, primero queremos saber si ya nos consiguió como salir del país, no queremos estar aquí cuando se forme el merecumbé. —dice el negro que se peina con mucho cuidado su bello alisado.

—Señor Buchanan no se preocupe, yo garantizo la seguridad de ambos. Cuando lleguemos al poder y acabemos con las fuerzas de defensa los esperará un cargo con un buen salario, no serán simples detectives en el DENI, ambos tendrán los mejores puestos en la institución. Ni usted ni el señor Tugrí pasarán trabajo.

—Chuzo pero estamos cometiendo traición, entienda que Duncan y yo estamos asustados porque en este país las paredes tienen ojos y oídos. Panamá es muy chiquito y pocas cosas se mantienen en la sombra. —dice Tugrí mirando hacia todos lados.

Buchanan saca del bolsillo de su saco tres cassettes y se los entrega el hombre “misterioso” que a cambio les da unos boletos de avión. Luego se retiran, salen y se montan en el carro. Una vez arrancan, conducen hasta llegar al barrio chino donde a Tugrí le gusta ir a un restaurante donde le sirven una sopa que él piensa que es afrodisíaca, no es que le funcione mucho con las mujeres de La Mayor pero Alberto le tiene una extraña fe a ese asopado engaña bobos.

El chino dueño del restaurante, que por alguna razón que ni él mismo entiende se puso el nombre de “Maromero”, se sienta con los detectives.

—¿Cuándo me vas a dar la receta de esta sopa? Ya me siento como un Toro… —Dice Alberto Tugrí flexionando los pocos músculos que su enflaquecido ser tiene.

—Eso eh secleto de estado, sopa solo podé se cocinada por chino.

Duncan nada más se ríe de su compañero y no dice nada. La última vez que lo molestó sobre su “desempeño” Alberto casi lo despeina de un solo puñetazo y ese negro se trauma cada vez que alguien amenaza su pinta a lo Miami Vice, casi casi no se nota que esa es su serie favorita, tampoco se nota lo mucho que idolatra a Sonny Crocket. En fin, entre conversa y conversa, la comida va y viene y con ellas su buen par de pintas de HB. Es el momento de celebrar ya que con la información que entregaron es posible que ahora sí se caiga la dictadura, hay mucha información sobre todas las barbaridades que han hecho los militares y un levantamiento es inminente.

De repente varios carros militares se estacionan frente al restaurante, los soldados panameños entran con armas en mano. Los comensales salen huyendo, Maromero se lleva a Duncan y a Alberto hacia la puerta trasera, los militares alcanzan a verlos y empiezan a disparar matando el chino e hiriendo a Duncan en el brazo. La persecución es intensa, los militares sin poner cuidado por la vida de los civiles disparan sin cesar, Alberto les responde al fuego pero son demasiados y solo les queda correr. Seguidamente los detectives se esconden detrás de un basurero, por lo que parece la puerta trasera de una tiendita ellos se meten segundos antes de que los militares busquen detrás del contenedor. Al entrar los detectives asustan al chinito al que le ruegan que por favor los escondan. El chino saca sus llaves y los mete en un cuarto frío ya que les dice que cualquier cosa si los militares llegan a revisar ninguno va a pensar que están ahí. Alberto y Duncan se meten en el frigorífico, el chino cierra la puerta y en apenas unos segundos los militares tocan la puerta de la tienda para revisar si los detectives están ahí. Revisan todo el lugar y al no encontrar a nadie en la cercanía se van, el chino va a avisarle a Tugrí y a Buchanan que los militares se fueron pero su esposa lo llama y este atiende a ver que quiere.

Mayo del 2017, en alguna sucursal de un banco de la ciudad capital una mujer muy linda y sensual se acerca al seguridad que se dispone a pasarle el detector de metales.  Al terminar ella se acerca a él y del broche sobre el blazer verde que tiene encima sale un gas que al principio aturde al guardia, seguidamente la música del banco, suave y relajante, cambia a la versión de las Chicas del Can de “Juana la Cubana”. De su cartera ella saca dos recipientes de plástico con el mismo gas espeso que se propaga rápidamente. La gente empieza a bailar la canción y se forma una especie de sarao bancario donde las cajeras se montan sobre las mesas y la gente no puede dejar de gozarse este ritmo sabrosón.

Ya con la máscara de gas puesta, la mujer de verde va hacia el gerente del banco y sin esfuerzo alguno la llave le es entregada para abrir la bóveda. Más atrás aparecen varias mujeres de voluptuosas curvas con máscaras de gas, van todas en fila india bailando sensualmente mientras que el ritmo tiene atrapados a clientes y colaboradores en una danza tropical que no pueden detener. Así mismo como entraron, las mujeres salen con varias mochilas llenas de dinero y se montan en un busito rosa que se retira del lugar con destino desconocido.

Mientras tanto en el Barrio Chino, varias televisoras cubren el operativo de revisión del Ministerio de Salud, a falta de rating los canales tienen que arruinarles la cena a los pobres panameños que, morbosos como ellos solos, le siguen el juego. En una de las vetustas tiendas del lugar encuentran toda clase de cochinadas. El chino viejo y terco discute con los inspectores que le señalan todas sus faltas a las convenciones de salud. Más atrás uno de los inspectores ve una estantería que parece esconder una puerta. Junto con los policías ellos mueven el anaquel y encuentran un frigorífico, le ordenan al chino que abra la puerta pero no recuerda donde quedó la llave del candado. Los policías consiguen una segueta eléctrica y cortan el candado.

Al abrir la puerta el olor es tan fuerte que todos los presentes emiten una arcada en coro que hasta bonita resulta de lo bien sincronizada que sonó.

—¡Oooooh yo no acoldalme de cualto flío!

—¿Qué, desde cuándo no limpia lo que tiene ahí? Incluso todavía enfría el congelador.

—Yo cleo que desde el 87…

Todos los inspectores y guardias miran al asiático y gritan “¿Qué?” al unísono, parecen un lindo coro ya. El lugar está relativamente oscuro, uno de los policías con la nariz tapada saca su linterna y empieza a explorar el lugar. Al fondo ve un bulto, dirige la luz hacia aquel punto y lo que ve lo horroriza. Minutos más tardes están todos los periódicos amarillistas de este país y le toman foto a la dantesca imagen de Alberto Tugrí y Duncan Buchanan congelados y abrazados tiernamente como buscando el calor del otro para no morir de hipotermia.

Seguidamente el carro fúnebre se lleva a los dos cuerpos que no han podido ser separados por el tiempo que han estado congelados. Los llevan a una morgue mal refrigerada y los dejan ahí. Los noticiarios y periódicos publican el impactante hallazgo de estos dos desaparecidos de la dictadura militar. En ese momento el forense encuentra que los cuerpos se han descongelado lo suficiente como para poder separarlos. Sospechosamente no encuentra rigor mortis en ninguno de los cuerpos, su piel empieza a ganar color a medida que se van calentando cosa que al doctor le parece muy raro. En lo que va a buscar una sierra para abrirlos, Tugrí abre los ojos y se logra levantar con dificultad, Duncan hace lo mismo pero se cae de la mesa de operaciones. Ambos respiran hondo dando fuertes y ruidosas bocanadas de aire por la boca como si estuvieran aprendiendo a respirar. Se miran las manos temblorosas y repentinamente empiezan a gritar al ver la cantidad de cadáveres que hay en todos lados.

El forense no se mueve, le ha dado una especie de garrotera del susto que ha agarrado. Tugrí y Buchanan se arrastran hacia el doctor que se da la vuelta lentamente y como quien ve al diablo en calzoncillos trata de decir algo. Tugrí solo alcanza a decir “Hospital, por favor. Ayúdennos…”. El forense no reacciona y seguidamente se desmaya. Poco a poco van recuperando la motricidad de sus extremidades hasta que ambos con las piernas flaqueando logran abrir la puerta y salir.

El terror se adueña del lugar mientras todos ven a Tugrí y a Buchanan caminar como zombies por todas las oficinas administrativas. Uno de los policías los enfrenta con un arma y les pide que se detengan. Tugrí pone las manos arriba al igual que Duncan pero con lentitud y torpeza tratan de acercase al guardia un paso a la vez, el policía le quita el seguro a su arma pero es detenido por el forense que viene corriendo detrás de ellos y detiene al oficial.

—No estaban muertos, estaban en un estado de reposo criogénico. No dispare, hay que llevarlos al hospital.

La ambulancia va a toda velocidad al hospital Santo Tomás donde llegan y son puestos inmediatamente en observación. Los médicos les hacen toda clase de exámenes para verificar su estado de salud. En ese momento el director de la DIJ, Gerardo Jiménez, está en una reunión con el director de la policía sobre los robos a bancos que se han dado por todo el país. El modus operandi es el uso de un gas que pone a la gente a bailar como en “naitafón” y les priva de todo sentido de la vergüenza.

El teléfono de Jimenez empieza sonar, el atiende:

—Estoy en una reunión ¿Qué sucede?

—Señor va a querer venir al Santo Tomás, los detectives Tugrí y Buchanan no estaban muertos…

—¿Qué?

—Y dicen tener información sobre un caso de la dictadura, están pidiendo ver a Endara y a Arias Calderón. Les dijimos que ambos están muertos y no nos creen. Entonces preguntaron por usted, dicen que harán huelga de hambre si no viene inmediatamente.

—Está bien, diles que una vez me desocupe acá iré inmediatamente a hablar con ellos… ¿Qué son esos gritos al fondo?

—Es que por alguna razón ellos los conocen por otro nombre…

—Oh no…

En la llamada Jiménez logra escuchar los gritos que aclaman un nombre que hace mucho tiempo no escuchaba, un nombre que creyó haber dejado atrás cuando estaba en los albores de su carrera en la policía, ese nombre es: Agente Choclito…

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